Por Oscar Medina
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| Oscar Medina |
Si bien fue el viernes que Leonel Fernández declinó optar por la reelección, lo cierto es que esa nunca fue una opción que contemplara el mandatario. Podrán decir lo que sea, e insinuar que fue la resistencia social la que “derrotó la intención continuista”.
Pero esa no es la verdad. El Presidente siempre pensó lo que dijo hace casi 8 años en Hoy Mismo, que un tercer periodo consecutivo no era conveniente ni para el Presidente en ejercicio, ni para la democracia. Y si prolongó este anuncio hasta el último momento, se debió única y exclusivamente a una estrategia que buscaba preservar su liderazgo partidario y nacional con la mira puesta en las elecciones del 2016.
Y como expresara en su discurso, para dejar establecido que lo hace de “manera voluntaria, y espontanea” y con desprendimiento, ya que “nada pecaminoso” habría en que utilizara los mecanismos constitucionales e institucionales para intentarlo. Es como decir “No me sacan, sino que yo me voy”.
Este era el segundo paso de su agenda política, tras lograr su rehabilitación electoral en la reforma constitucional. El tercero también lo dejó claro el viernes, trabajará para que su partido continúe en el poder más allá del término de su mandato.
Algunos nunca entendieron esa línea de acción, y se mostraron rabiosamente opuestos a los supuestos planes continuistas del Presidente. El derecho les asiste. Ahora bien, donde se equivocaron, fue en montarse en el discurso anti reeleccionista con el objetivo de desfigurar la imagen de Leonel Fernández, pretendiendo presentarlo como un déspota o un tirano aferrado al poder. Algo que el Presidente no se merece. Porque usted podrá estar o no de acuerdo con sus ejecuciones gubernamentales, pero habría que ser muy mezquino para no reconocer en Leonel un líder tolerante, democrático y respetuoso de todos los sectores sociales.
Incluso de aquellos que se encompincharon con la comparsa social-civilezca, para presentar cada acción del Presidente como si la misma tuviera como objetivo ulterior el asalto constitucional, con la intención de presentarse a una reelección.
No participaron en las discusiones de la reforma constitucional más que para oponerse a todo, buscando periquitos y distorsionando las discusiones. Cuando se aprueba vienen con la vocinglería de “esta no es mi constitución”, para ahora, cual buenos farsantes que son, pretender erigirse en sus más acérrimos defensores. Sin embargo, tanto con la reforma a la Constitución, como con las discusiones subsiguientes, particularmente las relativas a las leyes orgánicas de Consejo de la Magistratura y el Tribunal Constitucional, el Presidente ha intentado crear institucionalidad, generando debates y propiciando los espacios para que sean discutidos los diferentes puntos de vista.
Al tiempo que respeta los espacios de los diferentes poderes del Estado, y su capacidad para decidir institucionalmente sobre cada uno de estos temas.
Eso ha sido siempre Leonel Fernández, un demócrata respetuoso y tolerante, casi hasta la desesperación. Actitudes que, quiera Dios, no acaben añorando este grupo de farsantes y nuevos guapos, si por desgracia el destino le tiene reservado a esta nación el retorno al poder de Hipólito Mejía.
Quien en su gestión, sí que de verdad los trato como se merecen. Con la punta del pie, desconsiderándolos e irrespetándolos, a ellos y a sus familias.
Y ante quien guardaron, en la parte trasera de sus pantalones, sus viperinas lenguas cuando ---ese si--- dio un golpe institucional, y modificó la Constitución para intentar seguir en “el carguito”.
Ahí no aparecieron los de la comparsa, ni sus ahora amigotes de un segmento del empresariado. Porque a Leonel si es fácil calumniarlo y desconsiderarlo. Saben que no tendrá consecuencias.
Que para el Presidente, el poder no es para usarlo, si no para servir. Esperamos que ahora, despejados sus miedos, dejen a Leonel Fernández terminar tranquilo su mandato, y al menos le dispensen el mismo respeto que el guarda para ellos, muy a pesar de que esos farsantes no lo merezcan.

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